El parque había desaparecido, en su lugar adultos y niños se
mezclaban entre mesas y sectores extraños. Risas y colores parecían apoderarse
del ambiente.
Unos trataban de saltar dentro de cuadros dibujados en el suelo,
recogiendo una especie de piedra o amuleto; otros embocaban un pequeño palo de
madera en una esfera que saltaba sostenida de un hilo.
Yo desde la puerta, asombrada, intentaba comprender que
sucedía en mi jardín.
Emma, vení! (grito Juan desde la esquina) Mientras me tendía
una mano y con la otra participaba en una cadena de padres e hijos en forma
de círculo.
Me acerqué con cuidado, emocionada pero con cautela. Sin
darme cuenta choqué con una niña que reincorporándose rápidamente me invitó a
unirme a ellos.
Al atardecer todo volvía a ser como antes, sin embargo esa
mañana con mi nueva amiga hicimos algo maravilloso. Ese mañana, con “la
farolera”, me animé a JUGAR
Analía Galardo


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